nauseas. No sé qué la ves. Me duele que puedas sentir algo por ella, o que lo hayas sentido. Él no negaba nada. La miraba, a veces girando el cuello hacia donde ella permanecñia sentada, a veces a través del espejo. A los siete meses fueron a vivir juntos. Ella añadió entonces un tatuaje a su piel blanquecina, dos pequeños delfines en su omóplato derecho. El día que se los puso lo hicieron cinco veces seguidas, aquel desenfreno sexual era placer, eran celos, el genoma completo del ardor, miedo. Y luego respiraban, y se abrazaban, sin necesidad de temblar, sin necesidad de imaginarse. Luego ella se llevaba los brazos a la nuca, mostrándole sus pechos en toda plenitud, y él, creyéndose otro dentro de sí, la poseía con fiereza para, finalmente, abrazarla de nuevo. Abandonándose hasta ser muchos en dos, hasta ser uno, y en ese uno, tantos unos y unas como caben en dos vidas. El sexo con ella debe ser horrible, le decía la mujer. Él desvió la mirada del espejo para fijarla en los objetos irreconocibles que le rodeaban. Y eran los mismos que le rodeaban desde hacía ya 15 años, cuando se mudó con ella allí. Recién casados y esperando a su primer hijo, prueba empírica del tácito acuerdo de ambos por gozar esa felicidad parsimoniosa, plácida, como un valle austriaco rodeado de abruptas y nevadas montañas. Una vez nacida Raquel escapaban a veces a algún caluroso espacio neutro. La mujer, ahora, se levantó de la cama. El la miraba, desistiendo de buscar los delfines de su espalda, allí ellos no tenían cabida. Levantó las persianas. Hacía calor. Demasiado. Escarbó con la punta de los pies el fondo de su cama, buscando un pequeño escalofrío que le resultara mínimamente familiar. La primera vez que vi a esa mujer no podía creer que hubieras sentido algo por ella, le dijo. Él no conoció a Tamara hasta un año antes. Era una vecina, recién llegada, recién enviudada. A los dos meses de abrirle él la puerta tras presentarse ella como la nueva inquilina del tercero, la había hecho su amante. El no prometía nada. Callaba, interpretando Tamara aquel gesto como un ademán reflexivo. ¿Por qué?, dímelo. Ella se había enardecido ante su silencio. Lo suyo fue un affaire interrumpido y retomado en sendas ocasiones. Su mujer tardo mucho en saber algo. Y todo eso lo pensaba mientras ella le miraba ahora desde la ventana, inquiriendo los motivos por los que, a su lado, imaginaba de algún modo a la otra. ¿Piensas en ella? Dímelo. Él seguía mudo, enhebrando los deshilachados recuerdos del día en que ambas se vieron siendo la una consciente de la otra. Ella miraba a Tamara con dolor. El vaso de vino tenía en sus bordes restos de carmín. Tamara fingía controlar la situación. Alguien, en otro piso, tiró de la cadena, y aquel ruido, ajeno a ellos, se le incrustó, tantas capas adentro, que casi pareció clavársele a otra persona distinta, ajena, que, como si de una muñeca rusa se tratase, habitaba en su interior. Alguien en el patio gritó ¡el ascensor!. Por qué sigues viendo a esa zorra, le preguntaba ahora aquella mujer. Él la miró, sobresaltado. ¡Esa zorra es mi mujer!
jueves, febrero 19, 2009
Discusiones con otra mujer
nauseas. No sé qué la ves. Me duele que puedas sentir algo por ella, o que lo hayas sentido. Él no negaba nada. La miraba, a veces girando el cuello hacia donde ella permanecñia sentada, a veces a través del espejo. A los siete meses fueron a vivir juntos. Ella añadió entonces un tatuaje a su piel blanquecina, dos pequeños delfines en su omóplato derecho. El día que se los puso lo hicieron cinco veces seguidas, aquel desenfreno sexual era placer, eran celos, el genoma completo del ardor, miedo. Y luego respiraban, y se abrazaban, sin necesidad de temblar, sin necesidad de imaginarse. Luego ella se llevaba los brazos a la nuca, mostrándole sus pechos en toda plenitud, y él, creyéndose otro dentro de sí, la poseía con fiereza para, finalmente, abrazarla de nuevo. Abandonándose hasta ser muchos en dos, hasta ser uno, y en ese uno, tantos unos y unas como caben en dos vidas. El sexo con ella debe ser horrible, le decía la mujer. Él desvió la mirada del espejo para fijarla en los objetos irreconocibles que le rodeaban. Y eran los mismos que le rodeaban desde hacía ya 15 años, cuando se mudó con ella allí. Recién casados y esperando a su primer hijo, prueba empírica del tácito acuerdo de ambos por gozar esa felicidad parsimoniosa, plácida, como un valle austriaco rodeado de abruptas y nevadas montañas. Una vez nacida Raquel escapaban a veces a algún caluroso espacio neutro. La mujer, ahora, se levantó de la cama. El la miraba, desistiendo de buscar los delfines de su espalda, allí ellos no tenían cabida. Levantó las persianas. Hacía calor. Demasiado. Escarbó con la punta de los pies el fondo de su cama, buscando un pequeño escalofrío que le resultara mínimamente familiar. La primera vez que vi a esa mujer no podía creer que hubieras sentido algo por ella, le dijo. Él no conoció a Tamara hasta un año antes. Era una vecina, recién llegada, recién enviudada. A los dos meses de abrirle él la puerta tras presentarse ella como la nueva inquilina del tercero, la había hecho su amante. El no prometía nada. Callaba, interpretando Tamara aquel gesto como un ademán reflexivo. ¿Por qué?, dímelo. Ella se había enardecido ante su silencio. Lo suyo fue un affaire interrumpido y retomado en sendas ocasiones. Su mujer tardo mucho en saber algo. Y todo eso lo pensaba mientras ella le miraba ahora desde la ventana, inquiriendo los motivos por los que, a su lado, imaginaba de algún modo a la otra. ¿Piensas en ella? Dímelo. Él seguía mudo, enhebrando los deshilachados recuerdos del día en que ambas se vieron siendo la una consciente de la otra. Ella miraba a Tamara con dolor. El vaso de vino tenía en sus bordes restos de carmín. Tamara fingía controlar la situación. Alguien, en otro piso, tiró de la cadena, y aquel ruido, ajeno a ellos, se le incrustó, tantas capas adentro, que casi pareció clavársele a otra persona distinta, ajena, que, como si de una muñeca rusa se tratase, habitaba en su interior. Alguien en el patio gritó ¡el ascensor!. Por qué sigues viendo a esa zorra, le preguntaba ahora aquella mujer. Él la miró, sobresaltado. ¡Esa zorra es mi mujer!
lunes, febrero 16, 2009
Un cuerno
- No creo que Lamborghini sea sádico con el lector para que éste reconozca el goce que experimenta al leer sus descripciones, Sade era un provocador, pero artista al fin y al cabo. El argentino no se lo considera, no creo que su fin sea que el lector ejerza una reflexión posterior.
- Yo compararía a Lamborghini con Burroughs, no con Sade, contesté. Ambos escriben de manera casi impulsiva. Pero está claro que Fiord busca, además de la crítica política, cierto rechazo en el lector. Rechazo que también es atracción. Porque su narrativa es lo más parecido al infierno que jamás se ha escrito. Y a la gente le gusta que le vapuleen. Le produce rechazo y excitación. Y cuanto mayor sea el horror, mayor es la atracción.

- César Aira decía que Lamborginhi escribía de manera compulsiva, no corregía, no retocaba, era un manantial. Tal vez sea un error hacer lecturas didácticas a sus escritos.
Y cada vez que hablaba, su voz afónica rasgaba mis teorías, obligándolas a ponerse a la altura de las suyas, armadas para una batalla dialéctica a la que todo maestro teme enfrentarse. Así tras sobrevivir a la clase se acercó a mí aquella joven, obligándome por primera vez a mirarla a la cara sin tener que esconder mis ojos en la armonía de algún otro rostro obnubilado.
- ¿En serio cree eso de que Aira se basa en Lamborghini? Yo creo que no existen dos escritores más diferentes. El estilo del segundo tiene resonancias del primero sí, pero ahí concluye todo.
- Bueno, dije, Aira busca a veces también el impacto.
- Pero un impacto suavizado. Es un torrente también, pero no sé, un torrente amainado, que busca la complicidad del lector de alguna manera.
- ¿Cómo definirías entonces a Aira?
- Un escritor cuerdo, muy cuerdo, que finge ser maldito, en vez de asumir su condición de narrador. Un narrador con matices pero narrador, como su denostado Ricardo Piglia por ejemplo.
Cuando me quise dar cuenta no quedaba nadie en clase y ella y yo charlábamos en soledad acerca de libros. O más bien charlaba ella. No quiero con ello decir que sus conocimientos fueran mayores que los míos, sólo que sí más fervientes. Por un momento olvidé su cuerno, como disipado tras las líneas de su adorada Alejandra Pizarnik, o ahogado en las lagunas gauchescas berreadas por Arlt. Memorizaba fragmentos de Borges, recordaba la fecha en la cual Cortazar llegó a París, y el día exacto en que la Maga dibujó en su tintero un destino inmortal. Y me sorprendí disfrutando de sus palabras, en silencioso duelo con las mías, como rara vez lo había hecho anteriormente. Dos horas después llegó el momento de irse cada uno a su casa. Me despedí de ella y al darla dos besos mi frente se encontró, de nuevo, con ese cuerno que parecía devuelto a su rostro, seco, horrible y desfigurado.
Llegué a mi casa. Mara, mi mujer no me puso buena cara aquella noche. ¿Dónde has estado? No la mentí. Hablando con una alumna de literatura argentina. Su reacción fue la esperada. Que bien, te parece normal. Tienes obligaciones. Te esperábamos desde hacía horas. Y tras empapelar sus celos en el manual oficial del marido y padre responsable, cedió a mis explicaciones para, una vez calmada, preguntarme por lo bajín y dime, ¿era guapa? Reí y me fui a jugar con mis hijos. El mayor, Rubén, tenía ya 8 años y había leído El Principito, garantizándome yo al obligarle, su odio eterno hacia Saint Exupery y tal vez hacia la literatura en general. Pase con ellos una hora, revolcándome por el suelo, construyendo castillos de lego y fingiendo ser un vampiro que se disponía a chuparles la sangre. Tras acostarles me quedé con Mara. Su enfado se había evaporado. Aquellos casos eran los que me hacían ver la gran mujer que era, capaz de cargar con un inmaduro enceguecido como yo, de sonreír cuando la enseñaba alguno de mis grandilocuentes textos, burdas imitaciones de cualquier otro armado con un mínimo de talento.
El cumpleaños de Rubén es ya. Podríamos regalarle un viaje a la Warner. Por lo pronto olvida las obras completas de Faulkner o de alguno de tus escritores, dijo riéndose. Y yo reí también, tal vez por inercia, tal vez porque en realidad me hizo gracia lo que dijo. A veces cuesta discernir lo uno de lo otro. Después nos acostamos. Soñaba con una estación de ferrocarril en la que andaba yo de la mano de alguien cercano a mí, tal vez mi padre, cuando, súbitamente, me desperté sobresaltado por un dolor en la cabeza. Fui a la cocina a por un paracetamol. Luego al baño, necesitaba orinar. Lo hice, en estado de total somnolencia. Me iba a lavar las manos cuando, a través del espejo vi algo raro en mi rostro. Un pequeño bulto parecía asomar tímidamente en mi sien izquierda.
martes, enero 27, 2009
Un portazo
gracia se rebela contra tí. Así, una mañana, ella llamó a su puerta y la dijo adiós, se iba, ¿a dónde? No sé, contestó, lejos, donde no podamos reencontrarnos. En su escritorio dejó dos figuritas de porcelana, herencia del anterior inquilino del piso y que ella, rápidamente, escondió en algún cajón pues siempre odió la porcelana; la carta, abierta, como un pequeño mantel sobre el que ella desprendió migajas de pan, como lágrimas amasadas formando un cartilaginoso coágulo de sangre; y, finalmente, una pequeña e inofensiva orquilla de su pelo. La segunda tardó en llegar tres meses. Esta vez el sobre era azul, azul oscuro, Elena miró aquel mar que tenía frente a ella, y pensó que la semejanza no era casual, por lo que antes de abrir el sobre, un gesto, tal vez insignificante, pero gesto al fin y al cabo, se dibujó en su rostro: era ese que él tanto odiaba, tal vez porque no le pertenecía y porque al tratar de asirlo, se le escurría entre los dedos, como se escurren los recuerdos ajenos. Ni siquiera tiene porqué ser cierto que vaya a venir, le dijo a Javier, su único contacto humano desde que llegase allí. Y recordaba el momento en que él, una noche como otra cualquiera de no ser porque fue esa noche, salió por la puerta de casa mientras ella,
Se instaló en la otra costa, tras un interminable viaje que agotó sus fuerzas. Aquella vez, pensó, él sufrió por mi incapacidad para retenerle. Le vi en la puerta, mirándome, y yo lloré, lloré tanto que las lágrimas cosieron mi boca. Entonces me dijo adiós. Y ahora volvía, tal vez para ponerme a prueba de nuevo. A ella se le olvidaba añadir pero en esta ciudad jamás logrará encontrarme. Dando brillo a su buzón los domingos por la mañana, comenzó a vivir el ritmo lento que le imponía aquel lugar, en el que las pausas se sucedían y los recuerdos, asomaban por la periferia, en aquel pequeño espacio de su memoria limítrofe con el presente, como superando de manera tímida el dique espacial que Elena había interpuesto entre ambos. No será tan sencillo, no será tan sencillo, se consignaba cada mañana mientras, como si de un simpático descuido se tratase, depositaba orquillas suyas en cada café en el que se sentaba, pacientemente, a esperarle.
jueves, enero 15, 2009
Un libro
Pero no, paciencia, no es aquí donde hace acto de presencia esa novela que escribí en mano de otro y que alguien pensó a través de mí y que, para vergüenza mía, adquirí de la manera más ordinaria que se pueda imaginar. La chica, Amanda se llamaba, me contó que leyó unas cosas que le condujeron a introducirse, voluntariamente, en cierta secta de ámbito religioso, claro que ese no es asunto realmente importante, el meollo de la cuestión, que se encuentra, más bien, en la persona del que por entonces era su novio, Andrés, un tipo rudo. No quiero con ello dar a entender que lo que me contó fuese un asunto de maltratos, ni mucho menos, ser rudo no implica necesariamente pasar horas en un bar, trabajar de policía, o hablar de la libertad de la mujer como un funesto suceso posmoderno. Era, sencillamente, un tipo rudo, de esos que uno se cruza por la calle y piensa, mira, un tipo rudo de verdad. Además, tampoco era su rudeza el motivo que la llevaba a retorcer lastimosamente (¿Qué otro adjetivo podría describir el acto de retorcer?) sus confesiones. Así que yo le escuchaba, atento, y notaba como sus palabras se escurrían por mi cuerpo, y terminaban por esparcirse, como lo hace la orina sobre un suelo de baldosas de tono rosado y con forma de flor: surcando las líneas rectas que me separaban de ella hasta, súbitamente, acorralarme dentro de su nauseabundo olor. Nos levantamos y me ofrecí gentilmente a acompañarla a casa, pues era allí donde quería ir, según me dijo, algo asustada, una vez terminado el tercer café. Entendía su miedo, aquellas eran cosas que infundirían terror a cualquiera. Así pues llegamos al portal, o la esquina de su calle, o a la baldosa en la que su barrio se convertía en su barrio y no en el de al lado, cuando ocurrió algo sin duda excepcional. Lo cierto es que nunca pensé que aquello pudiera ocurrirme. Y todo sucedió en la librería que había frente a nosotros, no en esa en la que adquirí, de manera vulgar, el libro del que aquí me dispongo a hablar, sino de una que se especializaba en asuntos de logias y demás menesteres sectaristas de andar por casa. En realidad no fue en la propia librería donde ocurrió aquello, sino frente a ella, que bien podría ser también frente al portal situado a su lado (digamos que entre los dos, a una distancia similar a la que les separaba, formando, sí, lo han adivinado, otro triángulo del que yo, yo y mi reloj, éramos de nuevo vértice), con ello quiero decir que la presencia de la tienda era meramente circunstancial, y no relacionada con los hechos. Descartada queda, por lo tanto, la idea de que en ellos intervinieran de manera activa o decisiva – salvo por el mero azar, incontrolable para mí-, porteros, libreros, bohemios, contadores del gas y de la luz, y carteros. Lo cierto es que poco pude hacer. Ocurre a veces que el miedo se apodera de uno, son instantes que corren frente los ojos, inaprensibles, de los que apenas se recuerdan detalles, resbaladizos porque una vez se cogen con la mano cobran vida propia, ajena. Sin embargo, es misteriosamente en esos momentos que no nos pertenecen, en los que se ve uno siempre mejor retratado. Aquel fue uno de ellos. Así que finalmente logré salir de ahí (aquí usamos el verbo salir como metáfora de situación: como dije todo se desarrolló en la calle). Corrí. Me escondí en una tienda de antigüedades situada 4 manzanas más adelante. Por supuesto el dependiente, un anciano probablemente, miró extrañado. Y allí había un bonito libro (contaba con un precioso canto azul, parecido al azul de un océano visto desde un avión a una altura de 10.000 pies en el mediodía de una jornada despejada de agosto) . Me acerqué y lo ojee. Claro que no lo compre. No tenía suelto. A salvo. Estaba a salvo. Al fin. Sí. Miré la hora y vi lo tarde que era. Salí de la tienda.
viernes, diciembre 19, 2008
Tomás sobre un escenario negro
los tres personajes tenía un rol muy marcado ya que Él les había enviado para cumplir dicho rol, y de él no podrían salir ya que si lo hicieran, dejaría de tener sentido aquella habitación, dejarían de tener sentido ellos y hasta Tomás, y como recientemente indicamos, no hay obra sin Tomás, no hay historia sin Tomás. Así pues, primero el de la derecha le dijo algo, un manido discurso que no reproduciremos sino que, a modo de resumen, puede esquematizarse en los siguientes puntos: le rogaba que hablase, que aquella obra era de compromiso social, una causa justa, alimentaría espíritus, concienciaría mentes, salvaría vidas quizás. Le dijo que Él le había creado como idealista, le había dibujado como combativo, justo, un héroe. Pero Tomás seguía callado. ¿En qué pensaba? Eso es algo que ni Él era capaz de dilucidar. Le trazaba, frenéticamente, corrigiendo sus aristas y sin quererlo, afilando sus imperfecciones como personaje, poniendo sonido a su silencio: el sonido de esas otras bocas persuasivas.Así llegó el turno al segundo hombre. No, le decía, esto no es una obra de compromiso, al revés, Él es un inconformista, un cínico, un pendenciero deseando demostrar al mundo que el cambio climático, la pobreza le importan lo mismo que el devenir del sector lácteo en las regiones del norte de Bielorrusia. Venga, proseguía, tratamos de desmontar hipocresías, desmontar ideologías y tú, tú eres la prolongación de Él, eres un canalla, deja que esos se crean en una obra solidaria. Pero Tomás callaba. Podía ser muchas cosas, muchas personas, pero en aquel momento sólo era un cúmulo de kilos sobre una silla gris, una personalidad disipada sobre un escenario negro, un dique para las palabras que emitían aquellos personajes, para el leve viento que despertaban con sus desgarrados gestos. Y el tercero se le acercó. Estoy contigo, no quiero ser personaje, me rebelo contra Él, porque me niego a ser lo que Él quiere que yo sea, busco la manera de salir de la obra, de desaparecer si es posible, pero de desaparecer siendo yo. Júntate a mí, esta es una obra existencialista, déjales a ellos que se peleen por las causas justas, déjales que les inunde el cinismo. Tú y yo queremos salir de aquí. Y Tomás callaba. Nadie había logrado convencerle. Parecía mirar al espejo, quizás pensase que a través de él no serían 4, sino 8 los personajes, pensó quizás que aquel espejo era un intento desesperado de Él por multiplicar las bocas que se abren y cierran, que emiten palabras y palabras, que sugieren fluidos de vida, conflictos irresolubles. Pronto vio como ellos tres se iban. Vio como quedaba sólo en la habitación, y que al mirar al espejo era ahora doble el silencio. Se sumió en la oscuridad. Telón.
lunes, diciembre 01, 2008
Una mentira
Que tenía todo ordenado, planeado meses antes, tal vez años, y que ello la llenaba de un inmenso orgullo, pues era aquella la meta que siempre creyó, algún día alcanzaría. Que en su bolsillo derecho tenía el billete de avión, y que por eso se llevaba allí la mano continuamente, como para cerciorarse de que aquello era al fin real. Bebieron y acabaron en una habitación de la casa. Era un buen amante, no excelente, tampoco un primerizo. Siguieron hablando. Ella sentía como el minutero, eterna abstracción, arrancaba lentamente sus palabras, las de él, de su recuerdo para enviarlas quizás al vacío, a la nada, escabulléndose de ella como, a lomos de una ola, huyen hacia el mar las letras dibujadas en la arena. ¿Lo lamentaba? Por supuesto que no, pensaba, aquello era fruto de la nostalgia pasajera que asalta unas horas antes de despedir, para siempre, un rostro bonito.Luego él se amilanó. Se confesó ante ella. No sabía lo que quería, huía porque no tenía nada, nadie; o más bien, huía porque así se hacía la ilusión de que alguien le perseguiría desde algún lugar. La palabra huir es un eufemismo, le dijo, para huir tiene que haber alguien que desee retenerte. Ella le escuchaba, atenta, juzgando como innecesario el embrujo bajo el que él trataba de subyugarla. Y es que siempre había tenido una capacidad innata, y por lo general odiosa, para llegar al centro de las cosas y caer sobre él certeramente. Sin rodeos, devaneos. Sin mentiras. Cuando se hizo de día él, que aun no sabía nada de ella, le hizo una propuesta: Vente conmigo. Ella lo miró, sonrió, y sin pensarlo demasiado, asintió. Salieron de la casa y se dejó llevar de la mano hasta la estación de autobuses. Él la miraba, y la notaba distante. Por eso la preguntaba una y otra vez si era aquello lo que realmente quería. Entonces ella se giraba, le agarraba fuertemente de la mano y creía que son eso bastaba. Al llegara la caja fueron a pagar cuando, sin querer, un papel se la calló del bolsillo derecho. Él lo recogió y la preguntó que era aquello. Nada, respondió, y a través de un movimiento firme, lo arrojó a la basura. Alguien gritó al otro lado de la estación y ella se sobresaltó por aquel grito, como si fuera una respuesta a su acción. Buscó su origen durante un instante. Sólo durante un instante. Luego él la besó.
- Te quiero, la dijo
- Y yo. Y comprendió al instante, que esa era la mentira que siempre había estado buscando.
viernes, noviembre 28, 2008
Los cuentos de Priscila
llegar a ser uno. En el momento más inesperado, enunciaba ese “te imaginas si…” que era siempre el preludio e otra de sus historias, de tal modo que al recordarla con el tiempo, era casi imposible separar, o tan siquiera distinguir, la suma de experiencias reales por ella relatadas, de esos cuentos en los que su entusiasmo, por lo general bastante amainado, enardecía al son de brillantes palabras recitadas casi de memoria. Cuando se la preguntaba de donde provenían aquellos relatos, ella guardaba silencio. Mencionaba vagamente una antigua relación, no como el origen de todos sus cuentos, sino como el génesis de su capacidad creativa. Y aquello solía inspirar celos a sus parejas, pues era durante sus momentos de éxtasis cuando la figura de Priscila se desprendía de ese aire de impenetrabilidad. Como si sólo fuera accesible en aquellos instantes en los que, ellos sospechaban, el recuerdo del otro se escurría por su lengua en forma de palabras. Cuando terminaba, sus ojos se mantenían fijos en los de su interlocutor durante unos segundos. Quizás esperando respuesta, quizás tratando de encerrar en su silencio miles de palabras a las que no podía ya dar salida, o tal vez intentaba recordar, sencillamente, si aquel relato era en realidad suyo. Después se rodeaba de nuevo de su infranqueable belleza. Y callaba.
lunes, noviembre 17, 2008
Un acto de amor
El la miraba, buscando en los ojos de ella timidez, dolor, algo que denotase el sufrimiento que la suponía hablar de ello. Pero no encontraba nada. Por eso rastreaba en cada rincón de su cuerpo. En sus rodillas, dobladas, casi rozando con sus genitales; flotando sobre su cabellera negra, en extraña armonía con la noche que les cobijaba, como si ambas fueran dos partes de un todo, conjuradas para hacerle perderse a él, a Miguel, en la insondable oscuridad de sus deseos. Pues sentía que bajo aquel cielo, rodeado de una negrura casi total, permanecía lejos, muy lejos, de si mismo. Y mientras ella continuaba relatándole aquel acto sexual, él la cogía del brazo, deslizaba su mano, sentía su poder sobre él. Lo contemplaba y a la vez lo imaginaba, en otro lugar, como si se tratase de un vigoroso puente de unión entre esta y otras tantas camas por él exploradas minuciosamente. Más reales que el tacto de sus sábanas, de su edredón, más reales que su propia existencia, apenas hipotética, extraída casi al azar de imágenes escanciadas por Lidia en noches como aquella.

- Me arrojaba a la cama. Y luego se ponía sobre mí de nuevo. Pensé que no iba a detenerse nunca.
Por un segundo miró detrás de ella. Pudo ver una botella de agua llena. Y sin saber porqué aquella imagen desvió su atención del cuerpo de Lidia. No de sus palabras. Y mientras continuaba apretando su brazo, imaginó aquella botella reventada, con el agua deslizándose a través de las paredes, desdibujando en el gottelet abruptas e intrincadas autovías para el placer. Luego volvió a mirarla. Y de repente percibió como algo en su tono había cambiado. Seguía con su historia, sí, pero como si de ella apenas fueran rescatables unos pocos retazos y en su conjunto, algo se hubiera quebrado, hubiera languidecido en aquella profunda oscuridad, como si una minúscula luz se hubiera esbozado en algún rincón y él, Miguel, estuviera a punto de percatarse de ello. Desvió definitivamente su mirada de la botella. Saltó sobre Lidia y, sin darla un solo segundo para que sus ojos tiñeran de tristeza aquellos riachuelos que él soñó, acariciaban libidinosamente las paredes y que pronto se posarían en sus mejillas sonrojadas, se lo hizo como tantas otras veces en las que el deseo, cruelmente, escarbaba en su dolor, buscando a través de sus poros, el camino directo hacia esos indescriptibles estallidos de placer. Así Lidia olvidó pronto aquella fallida historia, quizás más real que ninguna otra, pero tan ficticia como todas las demás. Y Miguel vio en ello una manera de reestablecer el equilibrio entre los dos. Una manera de devolverla su cariño a través de un acto de amor.
viernes, noviembre 14, 2008
En el otro fin del mundo
Súbitamente, sin él esperarlo, ella le cogió de la mano. La apretó muy fuerte. Hacía tiempo que eso no ocurría, pensó Martín, que durante un instante se olvidó de discernir lo que era choque de cristales de lo que eran pisadas amenazantes, como si la barrera entre lo uno y lo otro la marcase, únicamente, su necesidad de que ella le amase de nuevo. Fue un instante. Abigail le soltó para sentarse en el suelo, apoyándose en la pared sin perder de vista cada rincón de aquel lugar. El se agachó y se situó junto a ella. Sus miradas se cruzaron. La de ella permanecía bañada por el miedo, un miedo tan grande que Martín vio como un gesto de condescendencia hacia él pues, esta vez, ningún reproche malogrado avivaba en ella, tan sólo el desconcierto, la sensación de que nada de lo acaecido hasta el momento en que él oyó los ruidos, tenía importancia alguna.

- ¿Seguro que lo has oído?, le pegunto. Él había empezado a juguetear con dos piedrecitas situadas a su lado. La contestó que sí, mientras se las pasaba de una mano a otra y la miraba, sintiéndola encerrada bajo ese embrujo relajante.
- No te creo, le dijo Abigail. Súbitamente, su mirada había dejado de estar replegada. Y aquellos ojos le despreciaban. Ese odio era aun mayor que cualquier miedo que pudiera atenazarla en aquel instante. Sintió lástima de si mismo. Pero también un profundo rencor que se le entretejía como segunda piel. Quizás hacia ella, quizás hacia aquel viaje que nunca debió haber empezado, o quizás, ante la incapacidad que sentía para no verse insignificante.
- No, pero…Y de repente percibió de nuevo las pisadas. Se acercaban a la puerta. Se puso de pie arrojando al suelo las piedrecitas. Abigail, desconcertada, se levantó con él. La cogió de la mano y corrió con ella hasta la ventana de la habitación, oyendo crujir a sus pies la madera con tal fuerza, que Martín se preguntó por un instante sino era aquel el único ruido de la casa. La puerta chocaba violentamente con su marco. Abrió la ventana y miró hacia fuera, pudiendo ver un tejado formado por tablas de madera que se retorcían, emitían quejidos lamentosos con cada bocanada de aire, como un ejército deshilachado que amaga con desertar. Sentía el peligro a sus espaldas. Por eso dijo a Abigail que saliera. Martín sabía lo que podía ocurrir si ella pisaba aquellas maderas, sabía que la caída era mortal, sabía que no había ningún lugar al que agarrarse de fallar el suelo bajo sus pies. La ayudó sin embargo a pasar al otro lado. Tocó su cuerpo, agarrotado por el miedo, incapaz de responder, incapaz de percibir, ni siquiera, el riesgo que entrañaba salir al tejado. Ella confiaba en él. Por eso su rostro no expresó pánico cuando cayó al vacío. No tuvo tiempo. Su último gesto fue el de desconcierto. Cuando Martín se quiso dar cuenta, ella había caído ya tres pisos más abajo. Y por un momento sintió como si aquella imagen, de alguna manera, ya hubiera sido incrustada en su retina con anterioridad, como si fuera ahora poco más que una vulgar reiteración desangelada, incapaz de hacerle sentir un atisbo de sorpresa.
Corrió hacia la puerta. La abrió y bajó corriendo las escaleras. Dominado por un automatismo casi ceremonioso, llegó hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo sin vida de Abigail. Miró a su alrededor. Todo era oscuro. Y de fondo, aun sonaban ruidos de cristales.
jueves, noviembre 13, 2008
En el fin del mundo

miércoles, octubre 15, 2008
Se ha equivocado de persona
Sin embargo al día siguiente, como si de un imperativo autoimpuesto se tratara, volvió a llamarla. De nuevo quedó callado al coger ella el teléfono. Y de nuevo la impotencia le sobrevino
al ver como volvía a colgar. Así continuó haciéndolo durante varios días, a lo largo de los cuales la observaba cada mañana apoyada en le cristal, inmutable, preguntándose que le llevaba a él a hacer aquello que hacía. Un día ella no le colgó. Y no descargó sobre el una ristra de improperios como él esperaba, casi con anhelo, que hiciese, sino que, sencillamente, comenzó a hablar, como si fuera su hermana o una amiga quien le llamase y preguntara por el trabajo, sus relaciones, sus gustos y necesidades. Y así supo él como la lavandería que estaba en la esquina de su casa, de la de ella, estaba regida por un tipo que escupía en las aceras, y supo que eso era algo que ella odiaba, y supo también que una vez estuvo con un chico que lo hacía, y que ese fue el motivo de que ella decidiera dejarle apenas a las semanas de conocerle. No pudo evitar sonreír cuando ella le dijo un día que, cierta vez, un tipo la habló en el metro, la dijo que le resultaba muy atractiva, y ella le contestó que gracias, pero que tenía novio y no lo tenía, ciertamente, de hecho por aquella etapa estaba aun superando su ruptura con Gabriel, un antiguo compañero de trabajo a quien conoció en la cola de la fotocopiadora. Y cada conversación, en la que él no articulaba sonido alguno, terminaba con un “bueno, te tengo que dejar, ya hablaremos”. El era consciente de la comedia en que se veía envuelto, seguro de que era ese el tipo de intimidad que ella deseaba, el máximo al que él podría aspirar. Por eso al verla cada mañana, al no sentirse reconocido, simulaba ante si mismo una especie de amnesia, quizás para excusarla, para desearla de nuevo, para sentirse persona frente a ella, y, a la vez, para no mirarla con compasión, como se mira a una fiera indefensa. Pues ella era, ante todo, una mujer indefensa. Y fue algo que corroboró con el paso de las semanas, una vez acumulaba ya tantos datos de su vida que bien podría ser la suya propia. Y así, sin más, sin saber bien porqué, una noche dejó de llamarla.
Unos días más tarde ella le habló en el vagón 3 de la línea 5. Creo que coincidimos por las mañanas, le dijo. Él la miró fijamente a los ojos por primera vez. La quiso con más fuerza de la que nunca había querido a nadie. Y después sintió lástima. Por todo. Sobre todo por si mismo, pues notó que ella le necesitaba en aquel momento, y que él no podía ya responderla. Su relación, pensó, se había agotado ya.
lunes, octubre 13, 2008
Una clave emocional

miércoles, septiembre 10, 2008

lunes, septiembre 08, 2008

- Te quiero, dijo. Y supo al menos que ésta era una verdad incontestable.
jueves, septiembre 04, 2008
Cuando crees que te miro...

lunes, agosto 11, 2008
La muerte de Miguel
Su hijo, su primer hijo, había muerto hacía apenas unos meses. Fue, solía pensar él, algo así como un acto de maquinal justicia ejercida en algún gélido tribunal situado en un escalón superior de la escala burocrática que rige las leyes naturales. Miguel se fue como su madre se había ido dos años antes. Y se fue apenas nació Gabriel, como desaparece el último resquicio de una vida que sembró huellas indelebles, sólo aptas para la nostalgia y no para la revisión. Claro que sufrió por ello. Con su muerte, desaparecía todo atisbo de Andrea pues él sospechaba que, por más que se quiera a un hijo, éste no dejará de ser, de algún modo, la prolongación de una mujer a la que amó, y que en su cara, sus gestos, sus movimientos, reside, en cierta parte agazapado, el genoma completo de cualquier romance. Y así pues, cuando el pequeño falleció, justo en el momento en que él vio su vida rehecha, no pudo evitar pensar que Miguel era un regalo entregado por Andrea, dirigido a no dejarle solo en este mundo y que, por ello, al trazar de nuevo la senda de los días felices, se marchaba de vuelta a su seno natural.Cuando miraba a Gabriel lo hacía desde el dolor que produce siempre buscar sin encontrar rasgos del pasado ideal(izado) en el presente, siempre imperfecto, insuficiente. Sabía, sin dramatizarlo demasiado, que su vida consisitiría, probablemente, en una incansable búsqueda de los rasgos de Miguel, de los rasgos de Andrea, en todo aquello que le rodeaba. Así para ganarse su complicidad, más por costumbre, más por miedo al error que por pereza o apatía, desempolvaba viejas alquimias del corazón. Y las creía nuevas. Quizás, soñando un atisbo de semejanza en la sonrisa de todo bebe, hayase algún día, como respuesta a su limitado abecedario de caricias, un primer momento de felicidad virgen, que siga (¡que debe seguir!), al enésimo segundo, al centésimo primero...
Pero Gabriel, su amado Gabriel, le demuestra cada noche que la felicidad no tiene un solo rostro, que se puede reinventar, aunque requiera estrabismo emocional. Luego gira su pequeño cuello y se echa a dormir.
miércoles, julio 23, 2008
Deshaciendo guiones perfectos

sábado, junio 07, 2008
El nacimiento de Gemma

La ideó y dio a luz con el mayor de los cuidados. Como quien se sabe poseedor, durante unos segundos, de la materialización de un ente abstracto, Alejandro apresaba entre sus dedos algo cercano al concepto de bondad absoluta. Le había costado meses darle forma, retocar sus aristas hasta hacer de las uñas de sus pies pequeñas y redondeadas ramificaciones, del conjunto blanquecino de su alma. Por eso le molestaron especialmente aquellas críticas que tildaban a Nora de personaje hipócrita. Ellos no sabían nada acerca de ella. La intención de Nora no dista mucho de la de una femme fatal. Al abandonar a Marcos, algo que parece ser visto desde un punto de vista misericordioso por parte del autor, se descubre como una egoísta y no como la mujer libre y bondadosa que hasta entonces había aparentado ser, afirmaban.

viernes, mayo 16, 2008
Pasional trifulca casera
“Últimamente no confías en mí, ¿acaso te di motivos para ello?”, le preguntó. Él la miraba, silencioso, como un voyeur que se ha colado en el set de rodaje de una tragedia clásica. Y fue su mano, no la de ella, la que volcó mediante un torpe movimiento, la pequeña regadera, aun llena de agua. “¿Qué debo hacer para que no dudes?”. El agua llegó hasta los pies de Sandra, formando un pequeño riachuelo que se confundía con el blanco suelo de porcelana. La discusión había acabado. Las manos de ella descansaban ahora en sus muslos, exhaustas, como deshaciéndose de restos impuros con los que habían sido obligadas a cargar. Leo se agachó y secó el suelo con un poco de papel. Alcanzó a limpiar hasta los pies desnudos de Sandra, que, mitad por despiste, mitad por desgana, no había reparado en aquel riachuelo que llegaba hasta ella. Huyendo de las palabras, o quizás por miedo a no encontrarlas, ella se retiró, humillada, a su cuarto mientras él terminaba de arreglar los desarreglos producidos por aquella pasional trifulca casera.
miércoles, abril 16, 2008
Un encuentro inesperado
