
Se trata de una extraña capacidad que tienen algunas personas: hacer inmortales sus frases sobre la superficie empañada de espejos y ventanas. Muchas veces intenté llevar a cabo con éxito esta tarea encontrándome, una y otra vez, con la muda respuesta del cristal. Dicen que apenas se deja seducir, el vidrio, por unos pocos afortunados que hallan en la yema de sus dedos, el algoritmo cartesiano de la inmortalidad. No es cuestión de empeño, dicen algunos, tampoco de talento. ¿Cuál es la solución pues? ¿La suerte?.
Empeñado en demostrar lo contrario paso las noches de invierno frente a la ventana. En mi cruzada contra el azar grabo en el cristal pensamientos que, como gotas de lluvia, se deslizan por la superficie de la ventana hasta caer, tristemente, en inmundos charcos de tinta mojada. Nadie distingue entonces, mis palabras de todos esos infames vocablos que niños, ingenieros y mascotas articulan sobre sendas cataratas de vidrio. Y yo maldigo la suma de factores inasibles que me impiden perdurar, la suma de miguitas de papel que llevan mi tinta azul a la superficie de un folio negro. Yo maldigo mi cristal porque permanece frío como un témpano.