
Cuando se sienta es como si, súbitamente, las alarmas se despertasen y su cuerpo no fuera suyo sino un triste esbozo, como lastimero, de algún otro cuerpo deseoso de hallar una pausa entre tejido y tejido, entre la parte superior de su ventrículo derecho y el centro mudo e infranqueable de su alma. Y así la observaba, emergiendo con pudor o sumergiéndose temerosa en algo que apenas intuían sus piernas de plastilina azul, su nuca, desnuda y avergonzada, insultantemente teñida de mis miradas. Porque ella no sospecha, o eso creo yo, la impecable maniobra de escapismo que realiza cuando distribuye por el césped, poco a poco, gotitas de lo que ella no es pero querría ser, y logra, con mímesis perfecta, provocar en mí el deseo, la necesidad de ser otro, o de ser todos a la vez -en ocasiones no hayo la diferencia-, pero de ser siempre a su lado. Luego me mira, y sonríe, y me pregunta que es lo que me pasa. Sonrío y digo lo único que puede decirse en ese momento: nada, no me pasa nada.