La primera vez que la llamó, sus dedos temblaban tanto que apenas podían pulsar los botones del teléfono. Luego oyó su voz. “Hola”, dijo. Y de repente se quedó sin palabras. Descubrió que no tenía nada que decirla. Se vio inundado por una profunda sensación de impotencia. No porque no le salieran las palabras, sino porque una vez tomó ella conciencia, difusa, dudosa, de su existencia, él se encontró indefenso, vacío, vulgar, sin la armadura de ensoñaciones que siempre le rodeaban cuando la observaba, disimuladamente, en el vagón tercero del primer metro de la línea 5. Entonces la rozaba con su codo en el brazo desnudo simulando, acto seguido, el pudor inherente a todo contacto físico de carácter imprevisto. Él era ese que se encerraba tras un libro de tapas viejas y que, casi con miradas huérfanas, intentaba depositar en los ojos verdes de ella, como en forma de clave, el genoma completo de su existencia. Era consciente de fracasar en su intento, por eso la emplazaba una mañana tras otra, a compartir de nuevo esa especie de intimidad surcada por el silencio y la resignación. Así cuando vio una vez su número apuntado en la cubierta de su carpeta, se preguntó si era aquel un desliz involuntario o la recompensa a su tenacidad, y no tanto por su insistencia periódica en una inocente proximidad, como por el respeto que creía demostrar hacia ella cada vez que reducía a la mudez una de sus ansiosas miradas. Por eso cuando la chica colgó el teléfono al no oírle decir nada, no pudo evitar pensar que ella no necesitaba de él más que su tímida y silenciosa compañía en el metro. Tal vez ni eso. Y que aquel número había llegado a sus manos gracias a una caprichosa trampa del azar.
Sin embargo al día siguiente, como si de un imperativo autoimpuesto se tratara, volvió a llamarla. De nuevo quedó callado al coger ella el teléfono. Y de nuevo la impotencia le sobrevino

El era consciente de la comedia en que se veía envuelto, seguro de que era ese el tipo de intimidad que ella deseaba, el máximo al que él podría aspirar. Por eso al verla cada mañana, al no sentirse reconocido, simulaba ante si mismo una especie de amnesia, quizás para excusarla, para desearla de nuevo, para sentirse persona frente a ella, y, a la vez, para no mirarla con compasión, como se mira a una fiera indefensa. Pues ella era, ante todo, una mujer indefensa. Y fue algo que corroboró con el paso de las semanas, una vez acumulaba ya tantos datos de su vida que bien podría ser la suya propia. Y así, sin más, sin saber bien porqué, una noche dejó de llamarla.
Unos días más tarde ella le habló en el vagón 3 de la línea 5. Creo que coincidimos por las mañanas, le dijo. Él la miró fijamente a los ojos por primera vez. La quiso con más fuerza de la que nunca había querido a nadie. Y después sintió lástima. Por todo. Sobre todo por si mismo, pues notó que ella le necesitaba en aquel momento, y que él no podía ya responderla. Su relación, pensó, se había agotado ya.
- No, creo que se ha equivocado de persona, le contestó. Y siguió leyendo.