jueves, noviembre 13, 2008

En el fin del mundo


El camino hasta allí había sido duro. Y ya sólo quedaba una jornada de viaje. Apoyado en la pared, Martín sentía un indecible pesar: no había sido aquella la aventura que esperaba. Ahora estaban en aquel viejo caserón deshabitado, en el que oían la lluvia caer afuera mientras sufrían ese eterno instante, convertido en infinito tiempo muerto, en que se piensa, erróneamente, que la tormenta comienza a apaciguarse. Abigail jugueteaba con unas piedrecitas que había encontrado apoyadas en una carcomida estantería. Y Martín no podía dejar de contemplar aquella sencilla acción que intuía como la única manera posible de observarla sin que ella, enardecida tras una nueva de sus discusiones, le reprochase su incapacidad para asumir, de una vez por todas, que aquello se hundía. Para mi tampoco es fácil, Martín, pero créeme, cuando no se puede no se puede, le había dicho ella. Y así era, pensaba. Sin duda así era. Y mañana llegarían al Cabo Norte, y atisbando sobre una roca el fin del mundo, recordaría otras vistas iguales, en lugares menos recónditos, más comunes; pensando que quizás sea más fácil ser un nómada del mundo que anidar para siempre en un corazón humano. Y esta vez ni tan siquiera el inescrutable océano le serviría de consuelo.

4 comentarios:

Doña Castaña dijo...

Esto no queda lejos de Rovaniemi ni del Círculo Polar...

Marcos Ortega dijo...

El fin del mundo está allí donde lo queramos poner nosotros...

tequila dijo...

buenas:
en esto de asumir, como en el amor, es muy dificil conseguir "tiempos" iguales...
da igual, de una forma u otra parece que los dos sufren

De los viajes quizá la opción sea no esperar nada, quizá.. pero qué aburrido no?

Me gustó
Saludos :))

Anónimo dijo...

El martín este es martin scorsese? Lo siento jorjón, tenía que hacer la gracia cinemato-friki del día.
Me gustó el texto

Un abrazote

Lemon