
Así llegó el turno al segundo hombre. No, le decía, esto no es una obra de compromiso, al revés, Él es un inconformista, un cínico, un pendenciero deseando demostrar al mundo que el cambio climático, la pobreza le importan lo mismo que el devenir del sector lácteo en las regiones del norte de Bielorrusia. Venga, proseguía, tratamos de desmontar hipocresías, desmontar ideologías y tú, tú eres la prolongación de Él, eres un canalla, deja que esos se crean en una obra solidaria. Pero Tomás callaba. Podía ser muchas cosas, muchas personas, pero en aquel momento sólo era un cúmulo de kilos sobre una silla gris, una personalidad disipada sobre un escenario negro, un dique para las palabras que emitían aquellos personajes, para el leve viento que despertaban con sus desgarrados gestos. Y el tercero se le acercó. Estoy contigo, no quiero ser personaje, me rebelo contra Él, porque me niego a ser lo que Él quiere que yo sea, busco la manera de salir de la obra, de desaparecer si es posible, pero de desaparecer siendo yo. Júntate a mí, esta es una obra existencialista, déjales a ellos que se peleen por las causas justas, déjales que les inunde el cinismo. Tú y yo queremos salir de aquí. Y Tomás callaba. Nadie había logrado convencerle. Parecía mirar al espejo, quizás pensase que a través de él no serían 4, sino 8 los personajes, pensó quizás que aquel espejo era un intento desesperado de Él por multiplicar las bocas que se abren y cierran, que emiten palabras y palabras, que sugieren fluidos de vida, conflictos irresolubles. Pronto vio como ellos tres se iban. Vio como quedaba sólo en la habitación, y que al mirar al espejo era ahora doble el silencio. Se sumió en la oscuridad. Telón.