lunes, marzo 16, 2009

Los sucesos de Guanterada

Los sucesos de Guanterada comenzaron con un milagro. Sí, sin duda un milagro, decían la mayoría. Otros, atribuían aquel extraordinario caso a la pertinaz alma del fallecido, incapaz quizás de abandonar este mundo sin antes llevar a cabo esos cometidos que en vida no pudo alcanzar. Un santo, afirmaban algunas mujeres, sin duda se trata de un santo. ¿Acaso alguien dudaba de que Federico Hesteria iba a abandonarnos sin antes dejar su huella en nosotros? Se preguntaban algunos de sus amigos, como dando a entender que aquello era algo por ellos previsto incluso calculado, como si en su último aliento vital, aquel compañero les hubiera confesado uno a uno sus planes y ellos, todos en torno a él, hubieran hallado en esa confesión la esencia de algo que ya sabían, de manera latente: que la bondad de aquel hombre iba más allá de su prisión corporal. Los beneficiados: esos niños de Guanterada de los que tanto se ocupó en vida. Le llamaban el Gran Fedi, y a el le encantaba ese apelativo, como si al oírlo fingiera no conocerse, viéndose remitido a un cuerpo más joven que el suyo, más vigoroso.
Esto no estaba acá el día anterior, dijo la madre superiora, quien a duras penas cargaba con un saco de arroz a malrepartir entre todos los niños y apenas se dio cuenta de que en esa bolsa, alojado, había el dinero suficiente para construir ese orfanato que era su sueño dorado, además de para alimentar decentemente durante un año a todos los niños que ahora vivían allí. Nadie supo de la procedencia de los fondos hasta que Helena, la mujer del recién fallecido, se percató de que una cifra de su cuenta había desaparecido y, corriendo, acudió a notificarlo a las autoridades, que con relativa premura, alcanzaron a descubrir que esa cantidad había sido sacada de la cuenta Federico Hesteria la noche anterior, unas horas después de expirar él, único, y esto ella lo sabía mejor que nadie, con derecho a introducir las manos en su dinero. Así pues Helena, que no gustaba especialmente a la población de Guanterada pues la atribuían desde hacía años un amante en la localidad vecina, Jeredo, no tardó en comunicarlo, sorprendiendo al pueblo entero con la bondad de aquel hombre, rebelde implacable contra esa muerte terrenal, que en alma, fue capaz de transportar dinero hasta un colegio infantil de desamparados.

A los dos días ocurrió otro hecho sorprendente enlazado con éste. Mi marido no podía actuar de otro modo, siempre tan bueno, considerado, dijo entonces Helena, lloreteando sobre un pañuelo lleno de recuerdos de papel. Y es que la buena mujer se encontró una mañana en la mesilla con el colgante de perlas de su madre, empeñadas años antes para poder subsistir ambos, cuando la penuria les alcanzó, matando incluso a su único hijo, Federico. Pobre, hasta que el no se fue no nos dimos cuenta de cuan poco importaba este abalorio. Pero ahí estaba de nuevo. Ellos lo dieron a un hombre de sur, que a su vez, lo vendería a otro hombre, y éste a otro y así hasta llegar de nuevo a ella, por no se sabe qué azar pecuniario. El pueblo visitó en misivas la tumba de Federico Hesteria, viendo en él una especie de mesías, viendo en él una bondad humana sí, pero una bondad expandida al aire, las paredes, las piedras del pueblo, una bondad inabarcable para un cuerpo, una bondad extraviada de lo mortal, libre ahora para actuar impunemente en el mundo de lo inaprensible. Los tullidos esperaban su cura; los ancianos, ver curada su artritis; los cancerosos, su metástasis extirpada.

Cuando a la semana tuvo lugar ese horrible incidente en la escuela de desamparados, nadie pensó en Federico Hesteria. Al menos hasta que el niño dijo su nombre, con naturalidad, como si nunca les hubiese abandonado y cada día, como antes solía hacer, les visitase llevando en la mano izquierda esa bolsa de caramelos de limón. Sí, fue él, me dijo que fuera con él. Claro que fue él. En realidad esa fue la transcripción de los interrogadores, en aquella habitación se limitó a asentir con la cabeza, sus hombros encogidos, y la mirada siguiendo la forma de las baldosas. La mujer del fallecido quedó escandalizada cuando la llamaron a declarar. ¿Mi marido? ¿Usted cree que un hombre que fallecido dona su fortuna a una escuela es capaz de, unos días después, sodomizar a un niño de 8 años? Todo está lleno de sangre, decía la monja superiora, el pequeño había sido golpeado en la espalda y su brazo derecho completamente partido. Es obra de un hombre, y aquí no hay hombres. Aparecieron las primeras pintadas en la tumba de Federico Hesteria. Violador, pederasta, eran los adjetivos que manos desconocidas escanciaban sobre la piedra con irregular y tembloroso trazo. Aun alguna anciana acudía a limpiar de escombros la tumba y brindarle su apoyo a él, un hombre bondadoso al que, acto seguido, rogaba una cura para la enfermedad terminal de su marido. ¿Qué si alguna vez en vida mostró conductas sospechosas con los niños?, preguntaba la monja, que va. Era un hombre decente, por favor. Ejemplar marido, ejemplar misántropo. Pronto, Helena se fue Guanterada puesto que no soportaba ver mancillada la memoria de su marido. Las malas lenguas afirman que no se fue sola, sino con ese oscuro personaje de Jeredo. Y así acabaron los milagros de Guanterada. Un mes después empezaron las lluvias. Y antes de que terminasen, todo había vuelto ya a la normalidad más absoluta.

2 comentarios:

carlos dijo...

Execelente texto alineado con un poquito de rulfo y unas gotitas de márquez jejeje.

Es cojonudo gorgeas!!

FDO: El periodista que nunca publico o lo que es lo mismo Lemon!!

Marcos Ortega dijo...

me ha gustado mucho. así es la vida de las noticias y ls localidades pequeñas :)