
Subo escalones, quizás demasiados de una sóla zancada. Pero eso a penas importa, necesito llegar al final. Mis piernas gimen con la violencia de un trueno; mis ojos aprenden a pasearse de izquierda a derecha sin ser acariciados por las minusculas partículas de vida que integra el viento. Los escalones son cada vez más altos y mis piernas a duras penas pueden abarcarlos. Me rodean palabras, grandiosas palabras, que suelo calificar de ingenuas, entrometidas, que suelo repudiar en base a criterios tan personales como incomprensibles.
Sospecho que una vez alcanzado el torreón no hayaré allí respuesta alguna, sospecho que una vista panorámica excluye el contacto directo con la realidad. Pero ahí me dirigo, ebrio de ambición y sediento de fracaso. Si tan sólo algo se interpusiese... Una zancadilla eyaculada por algún rencoroso, o un derrumbamiento ejecutado por un ser superior en el que afortunadamente nunca podré dejar de creer- o de enmendar, al final todo es lo mismo-. Una inyección de nihilismo junto a un frasco en el que aparezca escrito en letras gigantes ANTÍDOTO-¿que importa que lo sea o no? lo importante es que lo parezca-.
Quiero que alguien tense la cuerda que me une al vacio- allí donde empecé-, quiero que de nuevo la mierda huela a mierda y no a arte. Quiero resbalar para desandar lo andado, quiero andar lo desandado. Si al menos quisiera intentarlo...
(Imagen: Marcel Duchamp "Desnudo bajando la escalera")