domingo, marzo 12, 2006

TUNEZ6. La sonrisa del autóctono.



Parecía una postal. O aun mejor, un escenario idílico dibujado por algún hábil árabe para que 30 guiris se concetrasen en aquellas puertas del cielo con su reflex digital. Nosotros no fuimos menos, o mejor dicho, no fuimos más.

Varios autóctonos pasaban frente a nosotros y sonreían. Puede que fuera el orgullo que suele aflotar en las personas cuando un extranjero en sus tierras manifiesta de manera explícita o implicita la hermosura de cierto paisaje, monumento o catedral. Aunque quizás lo que les movía a sonreír estubiera relacionado con la sensación de superioridad que siempre tiene un autóctono sobre cualquier turista accidental que llega a su país como podría llegar a Georgia sin notar apenas la diferencia.

Es complicado identificar cual de estos sentimientos movía a aquellos tunecinos a sonreir-aunque no necesariamente tenían por que ser precisamente alguno de estos dos-. En cualquiera de los casos, la sonrisa esgrimida es ciertamente parecida: se asemeja al gajo de una naranja con uno de los extremos amputados, por lo general el derecho. Son sonrisas interiorizadas pero que sólo cobran importancia de cara al exterior. Son además, terriblemente ofensivas ya que no son fruto de algo gracioso pero tienden a resultar incómodas a quienes las reciben.

Tras las fotos de rigor, dimos la espalda a aquellas puertas del cielo. Un pequeño gato permaneció estático contemplando como nos ibamos (perdon, nos marchábamos). Miraba como sin saber que decir, que hacer...y es que el pobre aun no le habían enseñado a sonreir.

3 comentarios:

PALOMA dijo...

A veces las personas de nuestra misma condición nos hacen más daño que un perro o un gato. Quizás el gato ya sabía sonreir...pero para qué, si una sonrisa es dañina, mejor no sonreir y estropear su esencia.

gErT dijo...

1) ese solecito que hacía...

2) había más de un gato...ese herrero ¿no? espídico y ke sabe sonreír.

Idiomalicantino dijo...

Hubo quien no vió soles, ni sonrió, ni advirtió ningún gato. Hubo a quien no le molestaron las sonrisas, porque ni tan siquiera tuvo tiempo para admirar la belleza de Cartago ni imaginarse a un Anibal valeroso y decidido. Hubo quien simplemente se dedicó a mancillar la esencia de Cartago: posando sobre arte de piedra milenario, buscando sombras a sus calores, retocándose el flequillo ante la belleza clásica, haciendo chistes sobre sus tangas y buscando nuevos ángulos para exprimir todo su potencial...
Francamente, creo que el autóctono se reían de ciertas sacrílegas pilis...